miércoles, 25 de junio de 2008

Medellín-Bogotá

Deben ser menos de la las diez de la noche. Inusualmente temprano para uno de mis viajes por tierra Medellín-Bogotá. Compro el tiquete a una empresa por la que no acostumbro viajar debido a su costo, pero esta vez, las otras han subido y esta ha bajado quedando todas al mismo precio. El horario de esta me favorece. Mi llegada temprano al terminal se debe a que un par de amigos me acompañarían, siempre y cuando fuera a esta hora. El tiquete que me vendieron es el de más adelante. Nunca me ha atraído ese puesto, aunque ahora encuentro muchas ventajas en el, por ejemplo, que no habrá quien recueste su asiento sobre mí, a demás yo podré estirar mis piernas lo que me plazca. Al subir al bus descubro con agrado a un hombre sentado en la ventana al lado del que sería mi lugar. Siempre he preferido la ventana. Me tomo la molestia de confirmar que él esté sentado en el lugar correcto. Mi boleto dice puesto tres. El aviso dice: 3P 4V. En efecto me toca el pasillo y a él la ventana. Al final no me incomoda tanto. Él me agrada. Tiene pelo largo y brazos y piernas peludos. Esta descalzo con sus pies sobre el vidrio que separa la cabina del conductor con los puestos de pasajeros. Ni sus pies ni sus manos son grandes. No debe ser muy alto. Me gustaría que lo fuera. Tengo algo de equipaje de mano. Lo pongo arriba al lado una guitarra que evidentemente es de él. Me ha mirado. Noto que también a él le grada que sea yo quien vaya sentada a su lado. Un momento después entra una vendedora ambulante. Me pone un paquete de papas fritas en las rodillas. Reacciono con sorpresa. La vendedora se excusa. Él se ríe. Yo sonrío. Lo miro en el reflejo del vidrio. Imagino que también él me mira. La vendedora se va y se lleva el paquete. El bus arranca. Han puesto una película. Afortunadamente no me interesa verla porque desde mi puesto resulta bastante incómodo mirar la pantalla. Trato de dormir. Es difícil. Me empieza a doler la cabeza. Me arrepiento de no haber traído analgésicos ni agua a la mano. El volumen de la película está bastante fuerte. Por fin se acaba. He girado mi cabeza hacia la ventana tratando de estar más cómoda. Un momento después él se gira hacia mí. Actúa como si estuviera dormido pero no lo está. Casi recuesta su cabeza sobre la mía. Tengo su pelo en mi cara. Intento olvidar mi dolor de cabeza y por momentos lo logro. Agarro fuerte mi pierna para comprobar que no puedo tener dos dolores a la vez. Mientras maltrate otra parte de mi cuerpo, no me dolerá la cabeza. Siento la mano de él tocar mi brazo. Deslizo mi mano hasta la suya. Entonces él la toma y la acaricia. Yo me quedo quieta un momento, luego también acaricio su mano. Unos minutos más tarde mi espalda sufre en esa posición. Quiero sentarme derecha, pero no quiero soltarle la mano. Me aguanto un poco más. Después decido que prefiero estar cómoda así tenga que soltarlo. Me ubico de frente nuevamente. Él se queda con mi mano izquierda, que pasa por encima de mi cuerpo un momento más. Después la suelta. Ahora se recuesta hacia la ventana. Duermo por ratos. A veces es muy intenso el dolor de cabeza. Tengo mareo. Me siento en verdad mal. Vuelvo a dormir y a despertar. El viaje no ha estado tan largo como lo he sentido. Llegamos al terminal y aún falta casi media hora para que sean las seis de la mañana. Mi compañero de puesto está dormido. No quiero despertarlo. Espero que despierte solo, de lo contrarío me sentiré en la obligación de despertarlo. Mientras bajo mi equipaje de mano él despierta. Me alivia que lo haga. No lo miro a los ojos. Imagino que tampoco él a mí, aunque evito su mirada así que no puedo comprobarlo. Bajo del bus y espero mi maleta. Por la ventana lo veo bajar la guitarra. Cuando sale del bus, compruebo que es de baja estatura y descubro que su pelo es más corto de lo que parecía cuando estaba sentado. He perdido cualquier interés. Supongo que él también. Coge su maleta y se va. Lo pierdo de vista. No me ha dicho una sola palabra en ningún momento. Llamo para que me recojan. No me he preocupado por conocer su voz. Es como si nunca hubiéramos juntado nuestras manos, pero sé que él tampoco lo olvida. Llegan a recogerme. No lo veo más.

domingo, 15 de junio de 2008

Todo un tema

Desde hace varios días he tenido muchas ganas de escribir, alguna cosa, no importa qué. Entonces salgo de casa y varios sucesos en el día parecen ser un buen motivo para escribir, pero cuando regreso y enciendo el computador, la imaginación parece desaparecer. Por más que trato de acordarme, no logro traer a mi mente aquella buena idea que tuve mientras cruzaba el puente camino a la universidad o mientras tomaba un tinto en la cafetería. Esas buenas ideas por lo general resultan de experiencias personales o de gente cercana y muy rara vez son producto total de la imaginación. Así que me pregunto como hace Ángeles Mastreta para escribir todo un libro de ‘maridos’ ficticios, o si acaso es posible que hayan sido reales... bah! No creo que lo sean, así como tampoco creo que Benedetti haya quedado viudo tantas veces como cuentos sobre eso ha escrito.

Pero yo sigo pegada a mi parte de realidad, a mi personaje en el cuento. Me cuesta trabajo innovar, arriesgarme. Hace un par de semanas, cuando mi hermana y yo tomábamos en un restaurante un delicioso yogurt de maracuyá y fresa (que por cierto me lo había dado a probar mi hermano meses antes, y que yo con mi cara de incredulidad frente a tal revuelto finalmente había accedido a tomar) le comentaba a ella la admiración que profeso a la gente arriesgada, pues yo jamás habría mezclado tales frutas, de hecho, ni siquiera habría tenido el valor de probarlas de no ser por mi hermano, y hay que ver del manjar del que me habría privado!

Yo mientras tanto sigo buscando un tema para escribir y preguntándome si en realidad es posible que a Ortuño su padre le rentara un puta cuando tenía nueve años, o si era cierto que la tía de Cortázar tenía miedo de caerse de espaldas.

Arte Culinario

A los ocho años Shneyder descubre que es mejor cocinero que su madre. Tras quedarse solo en casa con su padre, quien al ver al niño con hambre, le entrega total autonomía para realizar labores culinarias, Shneyder toma el tarro de café y lee atentamente las instrucciones de preparación. Calienta la leche, le agrega una cucharada de café y tres de azúcar. Después de mezclar bien, prueba el café más rico que ha tomado en su existencia y le surgen serias dudas a cerca de este fenómeno ¿por qué su café sabe mejor que el de su madre? Así que se da unos días para degustar un par de veces más el café de su madre antes de hacerle la intrépida pregunta, a lo que la madre le contesta con la mayor naturalidad –como si acaso fuera natural- que la diferencia es que ella rebaja la leche con agua. ¡¿Con agua?! No es posible! ¡Una y otra vez no es posible! Desde entonces Shneyder se convierte en un gran catador, no digamos de café, mas bien de leche, y es perfectamente capaz de notar cuando ha sido rendida con agua. Así que durante los diez años siguientes, la lucha ha sido de la madre tratando de convencerle de que ya no lo pone agua, pero no hay caso. Con solo probar un poco, Shneyder descubre la mentira y de nuevo deja el café servido en la mesa. Pasado este tiempo, Shneyder debe abandonar su casa y solo entonces descubre el alto costo de la leche. Por primera vez no le resulta tan mala idea mezclarla con un poco de agua. Nunca más dejó servido el café en casa de su madre. Ahora tiene 26 años y ha vuelto a entrar a la cocina. Esta vez; ensalada de frutas. El secreto: crema de leche con azúcar y maní salado.